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Miscelánea Nro. 43: "El origen de las universidades. / La universidad de Córdoba"

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Los trabajos contenidos en esta publicación fueron leídos por sus autores el 17 de mayo de 1963, como homenaje de la Academia Nacional de Ciencias a la Universidad Nacional de Córdoba, en el 350 aniversario de su fundación.


"El Origen de las Universidades" por Telasco García Castellanos


Introducción

Como introducción a este breve trabajo, es mi parecer que debemos encuadrar, dentro de contornos bien definidos, el concepto de "universidad", de acuerdo a un molde cuyo origen tenga una cierta precisión en el tiempo, a fin de verificar si desde su nacimiento hasta hoy, se trata de una misma institución. En esta circunstancia, como en tantas otras que han sufrido los efectos de la evolución, ese nacimiento se percibe, ciertamente, un tanto confuso, como esfumado por la dispersión de los elementos que aún no han logrado suficiente cohesión como para materializar su perfil.

Ello, sin embargo, no impide que podamos encontrar su afloramiento en fecha más o menos precisa y que nos sea permitido hundir nuestra investigación hasta verificar la presencia de sus raíces.

Operando de esta manera, se encuentra que a partir del siglo XII hasta nuestros días, la universidad, como entidad, no ha variado en sus fundamentos más de lo que se puede permitir a la variación provocada por el progreso de los conocimientos o por la sutil variación plástica del espíritu.

Ese línea, que necesariamente se dibuja como función integrante de la cultura de los ocho últimos siglos, puede darnos una simple definición de su desarrollo, quizás imperfecta, pero útil. Consecuentemente, podríamos decir que universidad no es otra cosa que una corporación de educadores y educandos que se desenvuelve en el más alto nivel de la cultura.

Sin entrar en disquisiciones muy particulares, que no son motivo de este tema, como podría ser la interpretación de lo que es enseñanza, de lo que es investigación, de lo que es arte según hoy así se entiende, veamos cuál fue el origen del hombre que encierra aquél concepto.

Ya se ha significado que hacia el siglo XII se iniciaron las actividades de los principales institutos que impartían enseñanza en el más alto grado, de acuerdo a los conocimientos de la época. Los grupos en que se dividía la sociedad medieval tomaban una fisonomía que iba distinguiéndose paulatinamente de la incoherencia que caracteriza a la baja Edad Media en lo tocante a la organización de los nuevos Estados, a la creciente formación de un nuevo capitalismo, a la importancia que adquirían ciertas ciudades con características de una fuerte comuna y a la agremiación de los individuos pertenecientes a un mismo oficio o profesión. El feudalismo, como consecuencia de las razones apuntadas, perdía su fuerza cada vez más, resultando, por compensación, aumentada la autoridad del Estado, simbolizada por su cabeza, el rey. Son innumerables las acciones que se pueden citar para imponer la autoridad única, incluso, la secesión de muchas naciones.

Unido a estos fenómenos históricos, venía agregándose de tiempo atrás, una vigorosa corriente intelectual, que inducía, con vehemente sentido de progreso, a la adquisición de más y mayores conocimientos, casi perdidos por espacio de un milenio.

La conjunción de estos factores, trajo, consecuentemente, la aglomeración de maestros de elevada cultura, aptos para enseñar lo que ellos sabían, y discípulos de sobresalientes condiciones para aprender esa enseñanza. La estructura colectiva de la época, más la experiencia corporativista de los componentes de las diversas asociaciones, hizo posible, de una manera muy singular, la creación de una entidad que reuniendo a estas partes, diera vida activa al movimiento cultural precursor de lo que pocos siglos después fue el Renacimiento.

Se adoptó el nombre de universitas, simplemente para significar que se trataba de una corporación, al que se agregaba magistrorum et scholarium, indicando así las partes que componían el cuerpo y no la idea de universidad de estudios como suele creerse.

Lo cierto es que en la antigua Roma se decía universitas al conjunto de cosas o personas que representan una unidad real y que si se trata de individuos, se le reconoce personalidad jurídica.

Esta circunstancia era, para el caso que nos ocupa, evidentemente necesaria para defender a la institución, en la medida de lo posible, de la preponderancia de los Príncipes, de la excesiva autoridad del Estado o de la exagerada influencia espiritual de los obispos. De esta manera se obtenía una cierta independencia, una relativa libertad, que, aunque no sin luchas internas, hacía posible la elevación del pensamiento conjuntamente con el progreso de las ciencias y de las artes.

La designación se amplió después a los institutos que cumplían esa finalidad, pero que estaban fundados de tiempo atrás. Fueron, seguramente, las de París y de Oxford las que primero usaron el nombre de la Universidad, aunque no fueran las primeras creadas. En España se advierte este nombre en la Ley de las Siete Partidas de Alfonso el Sabio (Ley X, Tit. 31).

Por lo expuesto puede afirmarse que en el siglo XIII, el nombre de Universidad se aplicaba a los centros de enseñanza donde se hacía el studium generale, quedando definitivamente aquél nombre apelativo, y borrándose paulatinamente este otro.

Como aporte bibliográfico para el estudio de la historia de las universidades, es menester recurrir a las fuentes directas del ambiente intelectual de la época y al conocimiento que poseemos a través de las obras clásicas que nos informan de esa circunstancia. Lo mismo puede afirmarse de las manifestaciones precursoras, hasta llegar al referido siglo XII.

La enumeración de ellas, aparte de no ser motivo de este aporte, llevaría considerable tiempo que no sería compensado por una completa idea del tema. En cambio, fuera de las historias que en particular se han escrito de la mayor parte de las universidades, existen valiosos trabajos y cartularios que específicamente lo tratan, dando suficiente luz para su conocimiento histórico.

En este orden de ideas, pueden consultarse las obras de Denifle (6), de Kaufmann (13), de Rashdall (15), de d'Irsay (7) y de Aigrain (1).



"La Universidad de Córdoba" por Carlos R. Melo


Valerosos guerreros habían conquistado para España nuestro territorio, y sostenido en él a pesar de la hostilidad del medio y la resistencia indígena. En pocas décadas los héroes de la conquista dieron forma en el Tucumán a una vasta provincia civil y eclesiástica poblada por escasos centenares de blancos y algunos millares de indios. A la acción del soldado debían seguir la aparentemente menos brillante pero no menos importante de los constructores de una nueva sociedad, cuyo arraigo y perduración exigía un pensamiento y esfuerzo distintos. Terminaba la era del héroe y comenzaba la del santo que había de preparar la del sabio.

Aldeas con pergaminos de ciudades dispersas a través de inmensas distancias señalaban las etapas del camino del Alto Perú hasta la ribera de nuestro río epónimo, entre la montaña, la selva, la llanura, el desierto y la naturaleza hosca y salvaje.

Fernando Trejo y Sanabria, segundo obispo efectivo del Tucumán, miraba a su clero, el único instrumento humano que poseía para conservar al europeo dentro de la tradición cristiana y asegurar la incorporación del indígena a la catolicidad, amenazado de absorción por el medio. Había que formar eclesiásticos y no era fácil lograrlo en un ambiente físico propicio para la barbarie y la regresión amenazantes. Sin el cultivo de la inteligencia la religiosidad moría y a un dominio bárbaro seguiría inevitablemente otro dominio bárbaro. El obispo halló que era necesario crear para la formación de su clero la Universidad de las letras y no vaciló en erigirla en una modesta ciudad donde no abundaban, no ya los estímulos de la cultura sino hasta los más elementales medios de subsistencia, sólo alcanzados con duros y empeñosos trabajos.


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