Miscelánea Nro. 40: "La campaña del General Roca al desierto y la Academia Nacional de Ciencias"
Introducción
Con este título pensamos abordar un episodio de nuestra historia nacional, que en su importancia cultural y económica sólo posee parangón en la gesta revolucionaria y emancipación argentina, y en las liberaciones de dos tiranías que por muchos años y en épocas distintas soportamos.
Este estudio resultará una recopilación y una narración crítica de aquel suceso, y en tal sentido ha debido basarse en la vasta literatura del caso, en parte mencionada al final de algunas páginas.
Difícil es indudablemente, dar semejante boceto, porque se puede caer, o en erudición excesiva de la fase estratégica militar, o se puede cargar la tinta en los problemas causales de los acontecimientos, o se puede discurrir demasiado sobre las cuestiones raciales, y hasta la misma forma literaria puede novelarse excesivamente con detrimento del fondo del asunto. Cualquiera de estos errores los hemos conocido en las obras escritas a nuestra disposición, con excepción del trabajo de Jacinto del Viso, que es uno de los más enjundiosos sobre "la conquista del Desierto". Me adhiero a las palabras que figuran bajo su título, cuando dice: "Capítulo de la Historia Argentina, al que no se le da la importancia que merece en los textos de estudio y programas oficiales de los Colegios Nacionales".
Mi objeto, sin embargo, no es circunscribirme a ese capítulo ni a ese texto, sino hacer conocer el desenlace de una lucha de tres siglos de colonización de las tierras australes de este continente, del desalojo o incorporación de una raza viril a la civilización, de la imposición, menos dramática posible, de condiciones de orden en un estado reglado por instituciones fijas, de la demostración cómo se ha podido llegar a amalgamar razas de hábitos y colores distintos y fundir en un solo régulo de la nacionalidad. Hazaña fué ésta, que después de años de fracasos y hasta lucha cruenta, pudo realizarse en cortísimo plazo.
Dos conceptos sociales se oponían en esta gesta. Por un lado el indio poseedor, por lo menos en común, de las tierras, que ocupaba libremente y se movía a su placer en ellas, mantenía su estirpe, cazaba o recolectaba frutos y hasta sembraba maíz, frejoles y zapallo, como lo demostraron viajero ocasionales de estas zonas, ya mucho antes de las contiendas con los blancos. Eran libres, de costumbres propias, arraigadas desde su infancia, de creencias religiosas poco desarrolladas, vivían en su suelo y morían en él.
Por el otro lado vino el blanco conquistador de comarcas a crear un régimen de vida distinto al aborígen. Creyéndose por derecho propio, dueño del mundo salvaje, su objeto fué disputarles a éstos sus posesiones y obligarles a hábitos de acuerdo a su ley. La pugna era inevitable, regía la divisa de la supremacía del más fuerte o del más inteligente. Esto fué y es aún hoy el destino de los hombres.
Nada valían ahí las prescripciones humanitaristas, a las que nos atenemos en nuestros días, pero que en otras épocas no se vislumbraban, ni como reglas justicieras. O se ganaban o perdían los combates, o se enaltecía un pueblo y otro sucumbía. Esto fueron las consecuencias intangibles del régimen de fuerzas que habían creado víctimas y victimarios, y en ese juego de la suerte por su porvenir entre dos energías, no podía existir un empate, y el ganador resultaba uno sólo.
Criterios distintos de nuestra era humanizante, con la prevalencia del deseo para elevar a los pueblos subdesarrollados a los niveles culturales superiores, sin imponerles el estigma de "salvajes".
Con esta introducción quiero entrar ya de lleno en la exposición de mi intento.
Me refiero, como consigna el título, a la llamada "Conquista del Desierto", aunque el presidente Avellaneda la bautizara "La conquista de la Pampa y de los Andes".